KLEIST Y EL CÍRCULO MÁGICO DEL ESTADO, por Luciana Cadahia

Pocos años después de que Schiller escribiera la Educación estética del hombre y propusiera un Estado estético, Heinrich von Kleist redactaba una de las primeras novelas cortas en lengua alemana titulada Michael Kohlhaas. Se han llevado a cabo muchas interpretaciones de esta novela, pero hay un aspecto al que no se le ha prestado demasiada atención, a saber: el doble rostro del Estado. Como si fuera la huella en negativo del proyecto político de Schiller, el Estado del que nos habla Kleist parece atraparnos en un círculo maléfico. Llama la atención que el relato no funcione según las pautas de un modelo narrativo preestablecido, no hay un esquema previo que “represente” una realidad en conflicto, sino que la misma forma de narrar aparece como algo problemático. En Kohlhaas se hace explícito cómo el procedimiento narrativo se ve afectado por el contenido del que intenta dar cuenta. Sin ir más lejos, los enredos burocráticos de la trama parecen confundirse con la forma en que éstos son narrados y esto tiene lugar gracias a un juego de distanciamiento que produce una relación de extrañeza entre la forma y el contenido. Un juego de distanciamiento muy similar al que encontraremos en la descripción de los procedimientos burocráticos en Kafka o en las obras de Brecht. Al igual que en estos dos escritores, podríamos decir que en los textos de Kleist hay un juego especular entre imagen y escritura, es decir, entre el contenido narrado y la forma de narración. La opacidad del proceso judicial parece coincidir con la opacidad del procedimiento narrativo, alterado una y otra vez por saltos abruptos de estilos, ritmos y temporalidades. El hilo de la narración avanza gracias a un juego de constantes bifurcaciones, sustituciones, interrupciones y dislocaciones. Sigue leyendo

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EXPRESIONES DE LUGAR: DISCURSO CRÍTICO Y PODER SIMBÓLICO, por Fruela Fernández

En el café adonde tengo costumbre de ir hay una levita que forma parte del mobiliario. Es la levita del «Herr Direktor». Cuando «Herr Direktor» sale de paseo, el portero se introduce, respetuosamente, dentro de la levita, y asciende de categoría. Es un «Herr Direktor» a su vez.

(Camba 1962: 98)

Imaginemos que, paseando por mi barrio, veo de repente a un policía que corre detrás de un joven, lo agarra con brusquedad y lo derriba. Añadamos a esa escena algún detalle que haga aún más difícil de comprender la irrupción de la brutalidad: sé quién es el joven, he hablado con él en ocasiones, ha trabajado con algún amigo mío… ¿Cuál sería mi reacción? Transformemos ahora el suceso: retiremos mentalmente al policía, sustituyámoslo por un joven cualquiera, indeterminado, que agrede al joven que conozco. ¿De qué manera se alterarían mis perspectivas? ¿Por qué sé, por ejemplo, que si decido interponerme entre agresor y agredido las consecuencias sociales de mi acción pueden ser muy distintas en uno y otro caso? ¿Por qué el uso de mi presencia corporal me parece improbable en uno de los contextos, mientras que puedo concebirlo como un recurso hipotético en el otro? Max Weber lo explicó hace aproximadamente un siglo: el Estado posee el monopolio de la violencia legítima (Weber 1922 [1980]: 821–825), el ejercicio de la violencia es una capacidad que viene definida y justificada en la propia existencia institucional del Estado. Y esa es la condición por la que –en términos legales, ya que no morales– la acción del policía estaría permitida al tiempo que se condenaría mi decisión de reaccionar en forma proporcional: se asume que hay una justificación para su violencia porque el policía no es, en este caso, un individuo, sino un representante, un cuerpo del Estado[1]. Sigue leyendo