EXPRESIONES DE LUGAR: DISCURSO CRÍTICO Y PODER SIMBÓLICO, por Fruela Fernández

En el café adonde tengo costumbre de ir hay una levita que forma parte del mobiliario. Es la levita del «Herr Direktor». Cuando «Herr Direktor» sale de paseo, el portero se introduce, respetuosamente, dentro de la levita, y asciende de categoría. Es un «Herr Direktor» a su vez.

(Camba 1962: 98)

Imaginemos que, paseando por mi barrio, veo de repente a un policía que corre detrás de un joven, lo agarra con brusquedad y lo derriba. Añadamos a esa escena algún detalle que haga aún más difícil de comprender la irrupción de la brutalidad: sé quién es el joven, he hablado con él en ocasiones, ha trabajado con algún amigo mío… ¿Cuál sería mi reacción? Transformemos ahora el suceso: retiremos mentalmente al policía, sustituyámoslo por un joven cualquiera, indeterminado, que agrede al joven que conozco. ¿De qué manera se alterarían mis perspectivas? ¿Por qué sé, por ejemplo, que si decido interponerme entre agresor y agredido las consecuencias sociales de mi acción pueden ser muy distintas en uno y otro caso? ¿Por qué el uso de mi presencia corporal me parece improbable en uno de los contextos, mientras que puedo concebirlo como un recurso hipotético en el otro? Max Weber lo explicó hace aproximadamente un siglo: el Estado posee el monopolio de la violencia legítima (Weber 1922 [1980]: 821–825), el ejercicio de la violencia es una capacidad que viene definida y justificada en la propia existencia institucional del Estado. Y esa es la condición por la que –en términos legales, ya que no morales– la acción del policía estaría permitida al tiempo que se condenaría mi decisión de reaccionar en forma proporcional: se asume que hay una justificación para su violencia porque el policía no es, en este caso, un individuo, sino un representante, un cuerpo del Estado[1].

En cualquier situación de la vida social, el ejercicio del poder no puede existir sin unas estructuras simbólicas y materiales que lo permitan: sea a través de la coacción, de la aceptación voluntaria o, con mayor frecuencia, de la familiaridad con un cierto orden y unas ciertas disposiciones que ha hecho de ellas algo «normal», la dominación de unos grupos sobre otros no puede producirse sin ese conjunto de estructuras que legitiman el poder y el orden institucional dándoles «sentido» (Berger & Luckmann 1967 [2005]: 119–120), otorgándoles un significado social y una validez. Por medio de esas estructuras, la realidad social adquiere una apariencia objetiva que la «naturaliza» y oculta su carácter de construcción humana (Durkheim 1894 [1988]: 77–91; Berger & Luckmann 1967 [2005]: 80–81). De esa naturalización depende en gran medida la durabilidad de un orden social: cuanto más normalizado esté el comportamiento, cuanto mayor sea la coherencia entre las estructuras sociales y las disposiciones de los individuos, más legítimo parecerá ese orden y menor resistencia encontrará. Los mecanismos que permiten la dominación social, por tanto, no han de buscarse tan sólo en medidas punitivas o en aceptaciones más o menos racionales: la dominación se establece en la práctica, en el proceso disciplinar y conductual sobre los individuos, en las disposiciones que se inculcan y adquieren al pasar por los distintos campos e instituciones que, en su apariencia de neutralidad, acotan, modelan y restringen el comportamiento.

Desde esta perspectiva se plantea, en primer lugar, que para el mantenimiento del orden social resulta tan importante el control de la violencia simbólica como el de la violencia física: los continuos debates que suscita, por ejemplo, el sistema de enseñanza se deben justamente a su labor central en la reproducción de la ideología dominante, de las desigualdades y de las conductas sociales (Bourdieu & Passeron 1970). A través de estos procesos, todas las actividades se pueden estructurar mediante relaciones de dominación, generalmente disimuladas o transformadas en relaciones propias a esa actividad: el poder simbólico se basa en un «simbolismo del poder» (Bourdieu 1982: 73–74), en unos atributos que lo hacen reconocible y que marcan la distancia social entre los interlocutores, como puede ocurrir con elementos tan neutros, en apariencia, como un determinado acento en una lengua o el uso de una jerga especializada. Para ello, los campos requieren procesos de legitimación basados en la especialización profesional e intelectual que los presenten, delimiten y justifiquen (Bourdieu 1994: 149–167); de ahí que, en ocasiones, la legitimación puede adquirir cierto grado de autonomía respecto a las instituciones legitimadas, en la medida en que las teorías y los discursos son desarrollados por especialistas con dedicación exclusiva.

La presentación personal como fundamentación del poder simbólico

En el ámbito de las artes, fuertemente basadas en la valoración entre iguales, el poder simbólico y el discurso de legitimación son fundamentales para la estructura de cada campo. Por un lado, el poder material ha de atravesar procesos de refracción para generar un beneficio simbólico que los participantes reconozcan: el capital económico de un editor ha de manifestarse en el desinterés que le mueve a gastarlo en una obra artística, del mismo modo que la fuerza jerárquica de un catedrático universitario se disimula (a la vez que se justifica) mediante un premio institucional. Por otro lado, las tomas de posición de los participantes tienen un valor dual: las preferencias, los apoyos, los juicios críticos que dan su sentido a un campo artístico –«excepcional artista», «una exposición mediocre», «la mayor contribución»– no son meras valoraciones, sino también la afirmación de la autoridad personal que permite producirlas. Dado que un campo artístico no está estructurado según el sistema burocrático de «cargos» que predomina en el conjunto de la sociedad, cada participante tiene que legitimar su posición a través del discurso, a través de sus decisiones, a través de la reivindicación de un criterio.

En la medida, por tanto, en que el juicio artístico no suele definirse por hechos ni características cuantificables, sino por la producción de una creencia que se ajuste a las condiciones del campo, los participantes dependen de su capacidad para presentarse ante el resto, para construir una narración de sí mismos que les otorgue la aprobación y la confianza de otros. En un campo artístico, opinar es también presentarse, hablar de otros es hablar de sí, valorar es valorarse. Un modo central de legitimación en el campo artístico consiste precisamente en narrarse, en construir un relato de la capacidad personal, en acentuar aquellos sucesos o momentos de la biografía personal que pueden favorecer la imagen del sujeto ante otros participantes y predisponer, de esa forma, al receptor ante la capacidad de quien habla.

El discurso crítico en torno a las artes recurre en ocasiones a un tipo preciso de estrategia basada en la referencia a la formación personal: por analogía con la «novela de formación», con la Bildungsroman, el autor se legitima a través de los lugares de su trayectoria, los hechos relevantes o las personas que conoció. Esta presentación resulta de especial pertinencia cuando se analiza la recepción de obras literarias y filosóficas traducidas o importadas de otros países: puesto que, según la expresión de Marx y Engels, con el texto no se trasladan sus condiciones sociales, el crítico o analista de la obra ha de probar su conocimiento del campo de origen, pero al hacerlo también posee la capacidad para seleccionar la información que proporciona. Así se hacen presentes en el discurso crítico una serie de hechos y de datos que actúan como elementos deícticos: no remiten a la obra analizada, sino a quien escribe sobre ella. Al enmarcar la obra, el crítico está mostrando a los lectores su capital cultural, el origen de su legitimidad:

Cuando hace unos años tuve la gran suerte de conocer a Henry Roth, postrado en la cama del hospital de Albuquerque a causa de una hamburguesa en mal estado, me aseguró que dejaba material más que suficiente para que los lectores siguiéramos leyendo obras suyas durante mucho tiempo. Y así es, desde su fallecimiento ya se han publicado dos volúmenes de A merced de una corriente salvaje, el título o epígrafe bajo el que se agrupan lo que serán las seis entregas de su autobiografía novelada.

(Gurpegui 2001)

Pocos libros, si alguno, ha tenido una presencia tan importante a lo largo de mi vida como el Ulises de James Joyce. […] Mi primera lectura completa fue en Génova, frente al mar de Pegli, en la versión de Giorgio Melchiori. Durante mis dos años como lector de español en el Trinity College de Dublín viví frente al mar, en el joyceano Sandymount. Pese a las dificultades por obtener el libro (eran los años del intransigente De Valera y su brazo derecho el arzobispo de Dublín), pude leerlo por fin en la versión original. Añado que fue una tarjeta de presentación de Joyce la que abrió el camino para la amistad de mi mentor Juan Ramón Masoliver con Ezra Pound.

(Masoliver Ródenas 2003)

No hace mucho, el Fondo de Cultura Económica publicó la traducción del curso titulado La hermenéutica del sujeto (México, 2002). Yo asistí a ese curso y recuerdo que Foucault hablaba delante de un auténtico enjambre de magnetófonos y rememoro además que ya entonces pensé que esas grabaciones, tarde o temprano, acabarían siendo publicadas.

(Lynch 2004)

A principios de los noventa asistí a algunas clases de Derrida en París. En un enorme anfiteatro del Boulevard Raspail, el filósofo francés, desaparecido en el 2004, se sentaba ceremoniosamente, se quitaba una enorme bufanda roja y empezaba a hablar, desenlazando un discurso exigente y hermético. […] El rigor metodológico de Derrida seducía. Pero el uso indiscriminado de conceptos no identificados, así como las dificultades para encontrar un sitio cómodo, me alejaron de sus clases.

(Pla 2006)

Todavía recuerdo su silueta espigada y quijotesca [de Ernst Bloch], al caer la tarde, recortándose en el cielo crepuscular de un día de otoño en Tübingen, una vez retornado a la Alemania Federal. Yo era entonces estudiante de filosofía y de literatura alemana (primero en Bonn, luego en Colonia; pasé unos días en esa hermosa ciudad en la que Bloch era magister).

(Trías 2006)

Aunque de escasa importancia para la comprensión de la obra, estas indicaciones revelan al lector la posición de quien habla; reelaborando aquella escena del juicio a Joseph Brodsky, puede entenderse que el discurso crítico responde con estos signos narrativos a una hipotética pregunta del receptor: «¿quién ha certificado que usted es crítico?»[2].

Los signos de conocimiento de otras lenguas constituyen otro recurso de legitimación en el discurso, ya que construyen la posición del hablante como individuo internacionalizado, que conecta el campo de producción y el de recepción. La referencia lingüística es una señal de jerarquía (Boltanski 1975), ya que establece un distanciamiento entre emisor y destinatario: «Para Bishop la poesía es “un misterio y una sorpresa” que se produce después de “a great deal of hard work”» (Siles 2002). Al mantenerse en la lengua original –reclamando la atención del lector a la vez que se le sitúa un condicionante cultural– una expresión común (a great deal of hard work: «un montón, mucho trabajo duro») puede alterar su valor simbólico y actuar como demostración de capital de quien la emplea. Del mismo modo que las narraciones de la propia trayectoria, con las que puede solaparse, la valoración e indicación lingüística contribuyen a reafirmar el rol de especialista:

Una última referencia a las traducciones de los títulos. El original ruso del primero es Nepridumannoie, «lo no inventado», a mi gusto preferible a Sin inventar nada. Un matiz. Peor es el caso del libro de [Götz] Aly, que en alemán se titula Hitlers Volkstaat. Raub, Rassenkrieg und nationale Sozialismus. Cualquier parecido con el título español [La utopía nazi] es pura coincidencia.

(Elorza 2006)

La traducción es mejorable, sobre todo términos como escort, que bien hubiera podido traducirse como «acompañante» o «cicerone», y no como «escolta», pues tal fue mi agradable cometido en uno de sus viajes a España y [P.D.] James, a diferencia de Rushdie, no está amenazada ni corre peligro alguno.

(Gurpegui 2001)

Aunque Catulo ha sido muy traducido al español (la nómina citada no es completa en lo antológico) muchas de las traducciones antiguas —ad usum Delphini, por la moral cristiana— evitaban al Catulo homoerótico y satírico finamente malhablado, al Catulo coloquial, vivo y rico. Yo hice, en 1979, una antología empezando en España ese camino.

(Villena 2006)

La estrategia de legitimación se construye asimismo a través de varios niveles, donde interaccionan agentes e instituciones para controlar los beneficios. Un reportaje de prensa sobre un autor considerado canónico, por ejemplo, implica diversos mecanismos de transferencia de capital dentro del campo:

El Nobel de Literatura Orhan Pamuk es un habitual de estas páginas. Sólo hace tres semanas El Cultural ofrecía en primicia los mejores tramos de su último libro, Estambul, junto a la crítica del máximo especialista en su obra, Germán Gullón, que ahora, con sosiego y rigor, repasa la trayectoria de este «héroe y víctima de la aldea global».

(Gullón 2006)

En la triple tarea de presentación se construye la legitimidad de la publicación y del crítico, que presentan primeramente al autor premiado en tanto que confirmación y refrendo de su criterio («habitual de estas páginas»). Al mismo tiempo, presentando al crítico como experto –«máximo especialista en su obra»–, la institución lo legitima, reconociéndolo en un rol particular, y se legitima, definiéndose por el prestigio de sus colaboradores. En un tercer movimiento, el crítico se presenta a su vez como especialista recurriendo a signos de conocimiento lingüístico:

En el corazón de este libro late un sentimiento (hüzün), palabra imposible de traducir, pero que traduciremos como melancolía. El lector aprende desde las primeras páginas que el hüzün resulta tan inesquivable [sic] en Estambul como el aire de sus calles.

(Gullón 2006)

La referencia a términos procedentes de una lengua lejana y considerada periférica en el sistema mundial resulta coherente con la imagen social del especialista y le proporciona otro mecanismo de legitimación. Asimismo, al incidir en matices y relaciones complejas, apelando a un matiz «intraducible» del término (hüzün), el signo lingüístico sugiere un conjunto previo de conocimientos, un dominio coherente con la capacidad del especialista. Sin embargo, la contextualización de la expresión puede revelar en ocasiones los límites de la estrategia. Así se expresaba en torno a la palabra hüzün el traductor español de Orhan Pamuk, Rafael Carpintero, profesor de la Universidad de Estambul:

[…] se trata, en mi opinión, de una astuta operación de marketing por parte de Mondadori [editorial de Orhan Pamuk en España]. […] «Hüzün» […] sólo aparece sin traducir en el título [del capítulo], que yo, después de mucho pensármelo, traduje por «amargura» porque se precisa que es distinta de la melancolía […]. Maureen Freely no lo tradujo en la versión inglesa (también es cierto que tiene frases como «the hüzün belongs to the cemaat») y al astuto italiano de Mondadori le debió parecer una buena idea. Y tuvo razón, porque dejaron el título en turco, en contra de mi opinión, pero consiguieron que llamara la atención de la gente. Dejándolo en turco se da la impresión de que, eso, es intraducible y todo el mundo (recuerdo, por ejemplo, a[l periodista] Juan Cruz también) aprovecha para decir «ah, en mi pueblo de Teruel pasa lo mismo, pero allí lo llamamos…» […] [A]cabó siendo una forma de que se hablara del libro, que supongo que era lo que se pretendía.

(Carpintero, comunicación personal, 11 de agosto de 2008)

La confrontación entre los criterios lingüísticos de dos especialistas –el crítico literario, legitimado por la publicación crítica, y el traductor, experto en la lengua de partida– sitúa los matices de la referencia lingüística y, por tanto, de su sentido en el proceso de construcción social: el crítico se apoya en ella para definir la obra, pero al mismo tiempo legitima su criterio mediante la suposición de un mejor conocimiento del texto; el traductor, en cambio, delimita cómo el uso supuestamente neutral no se corresponde con una imposibilidad de la lengua, sino con una posibilidad comercial basada en el extrañamiento y el exotismo.

La autoridad del discurso

El ejercicio del poder requiere de quien lo emplea la producción de señales que demuestren su capacidad para seguir ejerciéndolo y para impedir la resistencia o aplacarla: la presencia de fuerzas del estado durante una manifestación contra el gobierno, la campaña publicitaria de una empresa detallando su cuenta de resultados o la modificación cíclica de los manuales, contenidos y planes de estudio pueden responder a muchas intenciones variables, pero todas se conectan con la demostración y el mantenimiento del poder.

No son distintos, en este sentido, los campos artísticos, donde el poder simbólico se basa en desigualdades de capital que deben legitimarse de manera continuada, en especial en aquellos periodos históricos en que el fundamento de legitimación puede hallarse en duda, como ocurre en los momentos de transformación de un determinado campo. Es pertinente, por tanto, comprender el discurso artístico dentro de una economía de los intercambios simbólicos: los textos nunca se configuran como simple conjunto de significados, pues en ellos se encuentran signos de riqueza, destinados a ser valorados, y signos de autoridad, destinados a ser creídos (Bourdieu 1982: 59–60). Las referencias estratégicas a la propia biografía crean una ficción de continuidad que justifica la posición de quien opina, dando a entender que todos esos momentos han sido necesarios para alcanzar esa posición de habla. Las menciones lingüísticas y formativas, con la sugerencia de un conocimiento que no se profundiza ni se desarrolla, se convierte en un símbolo del capital cultural poseído, de la misma manera que el logo en una prenda puede construirse como indicador económico de su portador.

*

Referencias

Berger, Peter; Luckmann, Thomas. 1967. La construcción social de la realidad. Traducción de Silvia Zuleta [Decimonovena edición: 2005]. Madrid y Buenos Aires: Amorrortu editores.

Boltanski, Luc. 1975. «Note sur les échanges philosophiques internationaux». Actes de la recherche en sciences sociales, 5–6: 191–199.

Bourdieu, Pierre. 1982. Ce que parler veut dire. París: Fayard.

—   1994. Raisons pratiques. Sur la théorie de l’action. París: Éditions du Seuil.

Bourdieu, Pierre; Passeron, Jean–Claude. 1970. La Reproduction. Eléments pour une théorie du système d’enseignement. París: Éditions de Minuit.

Camba, Julio. 1962. Alemania. Impresiones de un español. Madrid: Renacimiento.

Durkheim, Émile. 1894. Les règles de la méthode sociologique. Reedición con prólogo de Jean–Michel Berthelot [1988]. París: Flammarion.

Weber, Max. 1922. Wirtschaft und Gesellschaft: Grundriß der verstehenden Soziologie. Edición de Johannes Winckelmann [1980]. Tübingen: J.C.B. Mohr.

Notas

[1] Si bien en nuestras sociedades la idea de un «monopolio de la violencia legítima» provoca sin duda resonancias inquietantes, no conviene olvidar que la incapacidad del estado para mantener ese monopolio es, precisamente, una de las características de los llamados «estados fallidos» o, yendo a ejemplos históricos, la que precedió a la caída de la República de Weimar o la Segunda República Española.

[2] En ocasiones la estrategia de legitimación del autor puede suscitar cierta incomodidad en el lector cuando se produce en textos de connotaciones morales, como los obituarios. Así comenzaba una crónica fúnebre publicada en el diario El País: «Antes de que en 1995 le dieran el Premio Nobel a Seamus Heaney, compré un libro suyo, La linterna del espino, editado con preciosa austeridad y elegancia por Faber & Faber, en 1987. Considero que en ese libro está lo mejor de Heaney» (Rupérez 2013). Si Marx sugería al inicio de El Capital que, en la historia económica, las generaciones presentes se ven a veces lastradas por la herencia de las anteriores, ya que «el muerto se aferra al vivo» (Marx 1867 [1957]: x), el discurso crítico puede generar capital literario basándose en el principio contrario.

[Este texto es un fragmento del libro Espacios de dominación, espacios de resistencia. Literatura y traducción desde una sociología críticapublicado por Peter Lang, 2014. ]

Descarga pdf. Fruela Fernández, junio 2014Expresiones de lugar

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s