APUNTES A UN ÁLBUM DE FAMILIA, por Pedro Vicente

La fotografía constituye un ejercicio científico y artístico de primer orden. Por ella, vivimos más, porque miramos más y mejor. Gracias a ella, el registro fugitivo de nuestros recuerdos conviértese en copioso álbum de imágenes… La vida pasa, pero la imagen queda.

Santiago Ramón y Cajal, «Los encantos de la fotografía», en La fotografía de los colores, 1912

 

La familia fue uno de los ejes para la reconstrucción de la cohesión social después de las dos guerras mundiales del pasado siglo, y se convierte en el pilar social fundamental de la sociedad moderna sobre la que esta se sustenta a lo largo de todo el siglo xx. El concepto de familia, ese lugar, esa experiencia en donde el amor y el odio, el cariño y la violencia, el poder y la dependencia se dan cita, en donde se gestionan y viven relaciones personales complejas, está cambiando, quizás de una manera más rápida e imprevisible que nunca. Estos incesantes cambios en el rol de la familia dentro de nuestra sociedad contemporánea revelan cuestiones tales como ¿qué es la familia?, ¿puede todavía considerarse la familia como la unidad básica de nuestra sociedad?, ¿por qué seguimos formando familias?, ¿tiene sentido cualquier intento de definición de la familia? La familia es el origen de la vida, pero también es frente a la muerte cuando una familia es más familia que nunca. La familia, dicen, siempre está ahí cuando la necesitas, aunque quizás la cuestión sería más bien qué tipo de familia necesita uno en cada momento. Del origen de nuestro modelo de familia (José, María y Jesús), cerrado, estable y unitario, hemos evolucionado a otro mucho más heterogéneo, múltiple y provisional, en constante evolución, que dependiendo de unas circunstancias u otras está compuesto por unos u otros miembros, así como por un número variable de ellos. Padre, quizás, no hay más que uno, pero familias, las que uno necesite, quiera o pueda tener. La familia, hoy en día, es para quien la necesita. Y, en muchos casos, solo para cuando se necesita. La familia viene sin manual de instrucciones; tampoco se puede devolver. Por supuesto, se pueden formar muchas y nuevas familias, tantas como tiempo tengamos para construirlas, incluso tener varias a la vez. Sin embargo, aunque podamos renunciar a nuestra familia, esta nunca dejará de serlo. Se puede desertar, y ser desterrado, pero nunca se perderá la condición. Nuestra familia siempre será nuestra familia, aunque no (se) ejerza. En este sentido, la familia, es definitiva, no tiene retorno.

Zygmunt Bauman, en su teoría de la modernidad líquida, da cuenta del tránsito de una modernidad sólida, estable, repetitiva, a una líquida, flexible, voluble; de una época rígida a unos tiempos de constante cambio en los que las estructuras sociales tradicionales ya no se mantienen el tiempo necesario para solidificarse, establecerse y mantenerse y en donde ya no sirven más como marcos de referencia para esa sociedad por su volatilidad y su inestabilidad. Perdemos los referentes, y, al cambiar estos, nos perdemos por el camino. Bauman también se refiere a ese miedo (tan contemporáneo) que tenemos a establecer relaciones duraderas y estables (basadas en el compromiso) y a la fragilidad de esas otras relaciones que parecen depender solamente del beneficio que puedan generar de una manera más o menos inmediata y que huyen de cualquier proyección de futuro. No en vano el propio Bauman, entre otros pensadores contemporáneos, ha apuntado la evolución del concepto de relaciones personales hacia el de conexiones, donde ya no nos relacionamos con personas, sino que nos vinculamos y conectamos con otros individuos, siempre con un fin particular y concreto. Quizás esa fugacidad y esa inestabilidad de ciertas estructuras del pasado (de la familia) son lo que define nuestra sociedad contemporánea: ya nada es para siempre. Ni los trabajos para toda la vida son para toda la vida ni las parejas han de esperar a que la muerte los separe. En esta sociedad líquida, muchos adolescentes han vivido en varias familias (y tienen varias familias) y un considerable número de niños empiezan a tener abuelos divorciados con nuevas parejas que no son sus abuelos (situación impensable en una cultura como la nuestra hasta hace bien poco y que hará que nuestros bisnietos tengan una concepción de la familia inimaginable para nosotros). Hoy en día cualquier combinación posible de relaciones entre personas se puede considerar una familia, incluso la no relación, como sería la familia unipersonal. La constante evolución y transformación a la que se ha visto sometida la figura de la familia en los últimos años (y su consecuente reconocimiento social y legal) ha supuesto un cambio radical no solo en nuestra manera de entender el mundo, sino también en nuestro modo de relacionarnos con y en él, y, por supuesto, de representarlo.

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Figura 1. Álbum de familia. Colección particular.

El álbum de familia es uno de esos elementos que de una manera simbólica (y literal) estructuran y representan las diferentes experiencias en torno a esta institución en la que se basa cualquier sociedad contemporánea. Como dice Don Draper, protagonista de la serie televisiva Mad Men, es una máquina del tiempo, va hacia atrás y hacia delante, nos lleva al momento al que deseamos regresar de nuestras vidas. Sin embargo, la fotografía de familia representa esa realidad de una manera sesgada (como lo hace cualquier fotografía), dando la espalda a la mayoría de las realidades que ocurren dentro de la propia familia, mostrando y representando solo la parte feliz, positiva y alegre de la convivencia familiar y, hasta hace relativamente poco, representando solo la noción más tradicional de la familia, excluyendo cualquier persona o situación fuera de lo socialmente aceptado dentro del concepto de familia (¿quién no ha hecho desaparecer de su álbum de familia la fotografía de una expareja?). «Las fotos de familia suelen mostrar caras sonrientes, nacimientos, bodas, vacaciones, fiestas de cumpleaños… La gente hace fotos de los momentos felices de su vida. Cualquiera que mirara nuestro álbum de fotos concluiría que hemos tenido una existencia dichosa y de ocio, libre de tragedias. Nadie hace nunca fotografías de las cosas que quiere olvidar», dice Seymour Sy Parrish, protagonista de Retratos de una obsesión (2002). En esta película, dirigida por Mark Romanek, Sy es un hombre solitario sin familia que trabaja en un laboratorio de fotografía de un gran centro comercial revelando las fotografías de familia de sus clientes. Estas palabras definen a la perfección qué es, cómo hemos entendido y organizado y para qué sirve el álbum de familia en nuestra sociedad occidental. Como se deduce de sus palabras, Sy es muy consciente de la construcción selectiva y fragmentada de la vida familiar a través de las fotografías del álbum de familia. Solo fotografiamos lo que queremos recordar, lo que queremos (re)vivir.

Sin embargo, Sy se olvida de esa naturaleza construida y ficticia del álbum y la fotografía y se obsesiona de manera enfermiza con lo que él quiere creer que es una familia perfecta, construida en su imaginario a través de las fotos de esa familia que él mismo revela desde hace años, y a partir de las cuales crea una peligrosa fijación, una obsesión por esa familia, compuesta, cómo no, por un padre, una madre y un niño. El protagonista intenta escapar de su vida solitaria proyectándose él mismo en esa familia modelo, buscando el amor, la compañía y la comprensión que no tiene en su vida diaria. Y, aunque todo comienza como un pasatiempo supuestamente inofensivo, las cosas se complican cuando Sy pierde su trabajo y tiene que buscar formas de seguir existiendo, viviendo en esa familia. La historia de Retratos de una obsesión es un magnífico ejemplo del carácter construido y constructivo de las fotografías del álbum de familia, y del deseo siempre presente de ver y creer su contenido, y nada más que su contenido, por encima de cualquier otra circunstancia. No existe historia familiar más allá del álbum de familia. Y, aunque nuestro álbum de familia solo contenga fotografías felices, detrás de cada una de ellas hay una imagen, la memoria de un momento que queremos olvidar, que conscientemente hemos intentado borrar y que no hemos incluido en el álbum, y cuya ausencia es tan necesaria como la presencia de los otros momentos felices. Ambas fotografías duelen, las que se hacen y las que no, las que se incluyen en el álbum y las que se excluyen; son, como la propia existencia de la familia, definitivas: no tienen retorno. Y es que, como bien dice Sy, nadie quiere un recuerdo de un mal momento. Ese noquerer es, en definitiva, un desear.

El álbum de familia es un sistema de archivo (doméstico) selectivo, como todos los archivos, quizás el más subjetivo de todos. Nos permite reordenar la historia, nuestra historia, de tal forma que podemos eliminar aspectos y momentos que queremos olvidar, o no recordar, pero también vivir, organizar, presentar, representar, recordar, reorganizar y revivir nuestras vidas con nuestras propias reglas a través de las imágenes que componen nuestro álbum. Esta construcción es puro teatro, se produce delante y detrás de la cámara, antes y después de hacer las fotografías. Posamos para la foto y para hacer la foto, actuamos ante la cámara y detrás de la cámara, intervenimos antes y después de la fotografía. Una parte muy importante de la narratividad y el significado del álbum de familia recae en la edición y composición de ese álbum, en su unidad y conjunto, en su rigidez e impermeabilidad, en su presencia como objeto sagrado. La fotografía, al ser archivada, es procesada, estructurada e inevitablemente interpretada. En el álbum de familia todos representamos lo que somos, nos convertimos en actores de nuestras propias vidas, y el álbum se transforma en un registro del paso del tiempo, de la memoria y del olvido, de determinadas ausencias y presencias; en definitiva, es la constatación del valor documental que toda imagen posee. El álbum representa la oportunidad de ordenar y controlar el significado de las fotografías al mismo tiempo que su lectura, de (re)organizar nuestra vida, de estructurar nuestro pasado. Ante el álbum de familia uno interpreta el pasado, ubicándolo en el presente gracias a la aparición de nuevas evidencias. No es posible dar testimonio sin dar discurso, apunta Jacques Derrida en Mal de archivo. El uso de la fotografía como testimonio del documento familiar, de su historia, genera inevitablemente un discurso sobre su monumento, el propio álbum de familia. Aquí, en el álbum, la fotografía finge que nada (o todo) está fingido, o que está aún por fingir.

Las fotografías de familia son sin lugar a dudas las fotografías que más hacemos y en las que más aparecemos. Contra lo que se podría suponer, son imágenes bastante sofisticadas y complejas tanto de hacer como de leer: quién hace la foto, cómo la hace y en qué momento, quién aparece o quién no aparece son elementos que construyen las complejas relaciones de poder dentro de las políticas familiares y su representación. También la construcción y el mantenimiento del álbum como objeto, como tótem de culto al pasado, a la historia familiar, su producción, su uso y su consumo forman parte de una compleja serie de relaciones interpersonales y roles preestablecidos dentro del núcleo familiar. Ante el álbum el niño descubre que sus abuelos también fueron niños y jóvenes, que se casaron, que no siempre han sido como son ahora; es decir, el álbum permite que el niño conozca a sus abuelos de una manera diferente. Este gesto cotidiano y familiar de construir el álbum de familia funciona como una alternativa para conocer la sociedad en la que nos movemos y de la que somos parte, tanto dentro como fuera del núcleo familiar. Todos recibimos una educación, directa e inducida, sobre cómo posar y cómo tomar estas fotografías desde que somos niños, y también sobre cómo hemos de leerlas, al menos las de nuestro propio álbum. Quizás porque este conocimiento pasa a ser secundario, aprendido, asimilado, asumido y finalmente olvidado, podría parecer que hacer y mirar fotografías de familia es algo simple e incluso ingenuo. Pero nada más lejos de la realidad. No existe fotografía inocente.

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Figura 2. Álbum de familia. Colección particular.

Bajo esa aparente espontaneidad inocente se esconden intenciones, amores, odios, pasado, tensiones, deseos, frustraciones, perversiones, anhelos de futuro, ternura…, eso sí, solo visibles para quienes saben leerlos. En su texto Sweet it is to Scan…: Personal Photographs and Popular Photography, Patricia Holland distingue dos posturas en la lectura de una fotografía de un álbum familiar: la del usuario y la del lector. Ante nuestro propio álbum de familia somos usuarios de esas fotografías; la cantidad de códigos que hay detrás de cada foto y cada historia hace que solo sean usables de manera plena y completa por nosotros, conocedores (y dueños) de sus secretos y de sus claves, ocultas a simple vista para el resto del mundo. Son precisamente esos códigos los que hacen que estas fotografías sean únicas e irreemplazables para nosotros. Dentro de este contexto, las fotografías nos sirven para algo, sea lo que sea; podremos disfrutarlas, pero también servirnos de ellas: tendrán una utilidad más allá de la estética. En este tipo de fotografía, cuando usamos esas imágenes los valores que realmente importan distan mucho de los que priman en otros tipos de fotografía, como por ejemplo la artística o la publicitaria. Son imágenes más valiosas por su contexto y su contenido personal que por su calidad artística, técnica o estética. Aquí importa su origen, cuando y dónde fue tomada la foto, quién está y quién no está en ella, quién la realizó y por qué la hizo, además de quién posee esa fotografía y en qué contexto. Lo que realmente importa es nuestra relación con esa foto y las circunstancias que la rodean, por qué la usamos y, aún más importante, para qué la usamos.

Por otro lado, las fotografías del álbum de familia de alguien totalmente desconocido son en un alto porcentaje indescifrables, incompresibles; ante ellas nos convertimos en simples lectores, pues desconocemos los significados ocultos detrás de esas imágenes: solo alcanzamos a verlas como contenedores codificados. Tenemos que limitarnos a imaginar las historias que esconden esas fotografías, siempre desde la comparación con nuestro propio álbum de familia, intentando identificar situaciones y momentos similares a los que aparecen en él para dar sentido a esas fotografías desconocidas. Solo alcanzamos a leer una ficción (lo que no significa necesariamente que comprendamos lo que leemos); podemos y tenemos que interpretar, ojear, descubrir y observar, pero siempre desde la distancia. Y es que eso es lo máximo que frente a una fotografía de familia ajena nos está permitido: observar, imaginar. Los usuarios de fotografías familiares tienen acceso al mundo en el que esas fotos construyen su sentido; en realidad viven en él. Gracias a ellas viven, existen. Nuestro álbum nos hace existir, nos ubica, es rotundo y definitivo, y en este aspecto es incontestable, es un final. Por el contrario, los lectores de fotografías familiares deben trasladar ese significado privado a un ámbito público, al suyo propio. Desde el álbum ajeno se sueña, se desea; esas fotografías son abiertas, discutibles, relativas, provisionales: son un principio. En una fotografía de familia, mientras que el lector busca el hecho, lo acontecido, la evidencia, el usuario busca (re)conocerse, identificarse.

Quizás la tensión entre usar y leer, entre conocer e imaginar, entre estas dos posiciones ante una fotografía de familia, es uno de los elementos que generan la fascinación que muchas personas sienten por las fotografías de familia ajenas (e incluso propias). Ante una fotografía desconocida uno se siente frágil, inocente, distante, pero listo para imaginar, para proyectar su propia historia o para construirla. Además, ese lienzo en blanco que es la fotografía nunca nos desdirá, nunca negará nuestras ilusiones y frustraciones, nuestros miedos y deseos; nos permitirá anhelar, fantasear, muy al contrario que las fotografías propias. Lo fingido y lo imaginado del álbum es la mentira colectiva, construida entre todos, necesaria, lo que alienta el deseo colectivo de querer ser, o serlo; es lo que construye la vida, nuestra vida, lo que nos (des)ubica en el presente, hacia el pasado o desde el futuro; lo que da sostenibilidad a ese núcleo familiar contemporáneo, inestable y cambiante que (aún) llamamos familia.

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Figura 3. Álbum de familia. Colección particular.

La fotografía ha estado ligada siempre al apunte de lo efímero; su aportación principal es el registro, la captura de lo singular, lo fortuito, lo instantáneo. Para el teórico Hal Foster, el archivo, el álbum de familia, es una estructura de protección contra el tiempo, la inevitable corrupción, para recuperar todo lo posible antes de que sea demasiado tarde. La fotografía solo guarda un momento; nosotros guardamos las fotografías para guardar esos momentos. Pero también para perderlos, pues nuestras imágenes del álbum, y lo que incluyen, no son más que promesas de memoria, de nostalgia en realidad (mucho más intensa que la memoria), y por lo tanto de duración. Como dice Sy en Retratos de una obsesión, «si esas fotos tienen algo importante que decir a las generaciones futuras es esto: “Yo estuve aquí, yo existí, fui joven, fui feliz, le importé lo suficiente a alguien en este mundo para que me hiciera una fotografía”». Aquellas fotografías construyen, demuestran que, por lo menos algún día, lo fuimos. Aunque, si lo fuimos entonces, ¿lo seguimos siendo ahora?, ¿lo podremos volver a ser?

La fotografía familiar es un objeto de significados emocional y culturalmente complejos, un objeto que conjuga memoria, nostalgia, heridas del pasado, felicidad, sueños, contemplación, lo desconocido, memoria y pérdida al mismo tiempo, un trazo de vida y una proyección de la muerte. Por esta contemplación la fotografía se convierte en una especie de talismán en el cual el pasado es percibido como algo estanco, quieto, depositado en un determinado lugar de forma que puede volver a vivirse y experimentarse. Aunque la fotografía se ha entendido tradicionalmente como un contenedor para la memoria, no lo es tanto como productora de esa memoria. Produce y guarda, guarda y produce, pero sobre todo produce. La fotografía, la imagen, ha moldeado nuestra memoria colectiva hasta tal punto que puede sustituir a los propios hechos. Sin la necesidad de haber vivido un acontecimiento es posible tener muchas memorias visuales de esos hechos, tantas que puede parecer que se estaba allí en ese momento incluso aunque no se hubiese nacido todavía. Creemos que recordamos los acontecimientos, pero en realidad lo que recordamos son las fotografías de esos momentos, porque la memoria solo puede guardar fotografías. La fotografía familiar (re)construye y sitúa el pasado en el presente, como Marita Sturken apunta en The Image as Memorial; nuestros álbumes familiares tienen la capacidad de crear, interferir y poner en crisis nuestra propia memoria individual y colectiva. Como tecnologías de la memoria inducen, de manera simultánea y paralela, a la memoria y al olvido, a la fantasía y a lo real.

La fotografía familiar determina directamente qué recordamos y cómo lo recordamos; es por eso, quizás, por lo que el álbum es la mejor manera de olvidar, de poder hacer desaparecer lo que no somos, de fingir lo que somos. Para el teórico Don Slater, la fotografía es un eje importante en la modernidad occidental, estética y tecnológicamente. Según él, la fotografía en el ámbito doméstico fue (y sigue siendo) fundamental para la construcción y la consolidación de la identidad individual y personal del individuo moderno, una identidad individual y propia y característica de la modernidad y parte fundamental de la identidad colectiva, familiar (sin individuo no hay familia). La producción de álbumes de fotografía familiar ayuda a esta construcción produciendo memoria, una memoria individual y personalizada en un primer momento y colectivizada y socializada posteriormente. Formar parte de un álbum de familia, tener, contemplar y hacer fotografías familiares, de una manera individual o colectiva, refuerza esa construcción como un acto más consciente, organizado, planificado y temporalizado en la construcción de nuestra identidad. En el acto de archivar en el álbum de familia encontramos lo que somos, pero también (y aún más importante) descubriremos lo que no somos.

Para Bauman, tras la caída del muro de Berlín la sociedad occidental entró en la denominada modernidad líquida, en la que, entre otras innovaciones características de esta época, se ha impuesto la fotografía digital, además de los nuevos sistemas para compartir imágenes a través de Internet, el teléfono móvil y dispositivos portátiles como tabletas electrónicas, etcétera. Según Bauman y Lipovetsky, estos cambios tecnológicos, puestos al alcance de millones de personas en todo el mundo, están impregnados de un estado de ánimo que combina la nostalgia, la esperanza y el miedo, motivados a su vez por una búsqueda constante e infinita de la identidad personal que ha provocado la eclosión y la saturación de los millones de imágenes que continuamente estamos tomando, compartiendo y consumiendo; documentamos todo a nuestro alrededor, muchas veces sin saber por qué lo hacemos. En nuestra vida moderna, valores tradicionales como el trabajo, la familia y la salud continúan siendo preocupaciones esenciales para la mayoría de nosotros; sin embargo, la memoria fotográfica ha desplazado su centro de gravedad de la familia al individuo, pasando de lo colectivo al individualismo, del acto de compartir al egocentrismo. En estos tiempos líquidos nuestra familia somos nosotros mismos y, como decía Unamuno, nuestras circunstancias.

En el pasado las fotografías de nuestro álbum de familia trataban sobre nuestra historia, la de nuestra familia; las fotografías se hacían desde el pasado para el futuro con la intención de guardar memorias, para preservarlas del olvido y que pudieran ser (re)vividas después por nosotros y por nuestros descendientes, para que nos permitieran usar el álbum desde su estructura cronológica en el ámbito de lo privado. En esta modernidad líquida muchas de las fotografías de nuestro álbum familiar tratan sobre el presente, sobre nosotros mismos, nosotros y solo nosotros; se utilizan de forma inmediata, son efímeras, sin apenas vida ni duración, sin intención de perdurar; se consumen en el ámbito público, de una forma desestructurada y caótica y sin una cronología aparente. No están pensadas para durar, no intentan preservar nada, sino afirmar, testificar, decir «sí, soy yo», aquí y ahora, y no «sí, era yo», allí y entonces. Pierden su condición temporal, de permanencia, pero ganan en ubicuidad, en presencia.

Nuestra sociedad del siglo xxi ha conseguido convertir lo irrelevante en relevante, lo insignificante en significante; prueba de ello es la cantidad de fotografías de escenas ordinarias y triviales que se hacen a diario y que han pasado no solo a formar parte de nuestros álbumes, sino a ser nuestros álbumes. En lugar de vivir nuestras experiencias nos limitamos a fotografiarlas; quizás es nuestra manera contemporánea de recordar: fotografiar y fotografiar nuestras experiencias, sin necesidad de ver después las fotos, viviendo experiencias solo para poder fotografiarlas, haciendo que ese acto fotográfico sea lo esencial, la experiencia definitiva. Esta cantidad ingente de imágenes banales la compartimos con un círculo de personas muy amplio comparado con aquel número reducido (la familia) con el que mirábamos los álbumes fotográficos o realizábamos los pases domésticos de diapositivas de los domingos por la tarde. También hemos cambiado la forma de compartir esas imágenes; ahora ya no hemos de tener un álbum: nos basta con usarlo. Nuestra cultura está evolucionando hacia una sociedad en la que no tenemos que poseer bienes: nos basta con poder usar esos bienes. Los libros, las películas o la música hace tiempo que dejaron de existir necesariamente como objetos, ni siquiera como archivos digitales: nos basta con consumirlos desde la nube escuchando música en Spotify o viendo películas desde You Tube sin que sea preciso tener los archivos. No consumimos objetos, sino sus contenidos. Los ordenadores tienen un disco duro cada vez más reducido; ya no nos hace falta guardar. Estamos probablemente ante el fin de la cultura del objeto; ahora se potencia la memoria RAM, la capacidad de procesar, la agilidad y rapidez, la presencia, y no el almacenamiento ni la permanencia. Los álbumes familiares de cartón y papel, tal y como los conocíamos, irán pasando a la historia. Antes llevábamos fotografías de nuestros hijos en la cartera; ahora llevábamos fotos de nuestras nuevas familias, de amantes, de compañeros de trabajo, de mascotas y de desconocidos; eso sí, las llevamos en el teléfono móvil. Nuestras fotografías, con suerte, quedarán en (y pertenecerán a) Facebook o Instagram; nos estará vetado el volver a sentir lo que sentimos aquella tarde en la que ojeábamos fotografías viejas o cuando nos encontramos por casualidad dentro de un libro aquella foto de hace veinte años. Ahora nuestras fotografías personales son desechables, de usar y tirar. Esta naturaleza efímera las hace menos definitivas, menos rotundas; las fotografías nos duelen menos porque apenas existen el tiempo necesario para que se abran y sangren las (viejas) heridas.

Hoy en día, el álbum como objeto sagrado, unidad cerrada, estanca, impermeable, terminada y hermética no tiene mucha vigencia, o al menos desde el punto de vista de su producción contemporánea: ya casi nadie hace álbumes de ese tipo. Ahora el álbum es flexible, elástico, de quita y pon, variable y modificable, inmaterial, y a veces formado incluso por una sola fotografía. La simple existencia de cualquier fotografía familiar se convierte en el álbum, un álbum que hasta puede llegar a no contener ninguna fotografía familiar. Lo importante es usarlo, y sobre todo saber para qué lo usamos, porque desde el uso cualquier álbum es posible. Paradójicamente, el fabricante alemán de álbumes de fotos de papel Hofmann ha lanzado recientemente una campaña de publicidad con el eslogan «Vuelve a sentirlo» en la que se hace referencia a «ese momento que cambió nuestras vidas», a nuestros recuerdos, «recuerdos que no queremos ni podemos perder porque son los capítulos de un álbum llamado tu vida». A finales de 2012 nace PicYourLife, una red social para «guardar las imágenes de tu vida, navegar por ellas de forma intuitiva y compartirlas con amigos y familiares». Propone volver a compartir nuestras fotografías de una manera más organizada, crear álbumes más cercanos al concepto tradicional que a portales como Facebook o Flickr. En estas redes sociales la organización de las fotografías está basada en el concepto de etiquetas; en el caso de PicYourLife la organización de las «fotos de nuestra vida» es más visible y visual, lo que permite «navegar por tu vida» de una forma sencilla. El álbum de fotos, como la familia, ha de reinventarse, evolucionar y adaptarse a los nuevos contextos y realidades. Y quizás, en un efecto de bucle, eso suponga volver a ser lo que era, o como era. Tal vez, la saturación (o normalización) de las tecnologías digitales sea la principal causa del resurgimiento de las tecnologías analógicas; que se vuelvan a vender álbumes de papel o que algunos fabricantes de película fotográfica se replanteen volver a producir carretes es consecuencia (necesaria) de lo digital. La familia con papá, mamá y la parejita sigue siendo válida, siempre y cuando no excluya otras familias. Las cajas de zapatos llenas de fotos, los álbumes de familia elaborados a base de tijera y pegamento y las fotografías dejadas y pegadas en cualquier rincón también siguen siendo válidas, siempre y cuando no repudien otros formatos de álbum. Fabricamos muchas fotografías, muchos álbumes de nuestras diferentes familias, pero quizás estamos dejando de usar esos álbumes, de usarlos adecuadamente, o quizás ya no los usamos como antes, quizás tampoco hay que usarlos como lo solíamos hacerlo, o simplemente no los usamos, o quizás ya no hay que usarlos, o quizás el mero hecho de construirlos ya es una manera de usarlos. La cuestión es, por encima de todo, poder navegar por ellos para vivirlos, usarlos y sentirlos, de la forma que sea y con el formato que sea.

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Figura 4. Álbum de familia. Colección particular.

Independientemente de su formato, su condición, su contexto o su naturaleza, las fotografías que cuentan historias y construyen memorias son una parte muy importante de las raíces y de la existencia de cada uno de nosotros, de nuestra historia y, por lo tanto, de nuestra sociedad. Son unas fotografías sin pretensiones, nada presumidas, a las que no les preocupa ser o no consideradas arte (sin duda es el propio arte el que quiere que este tipo de fotografía sea considerada arte), que no se inquietan por si son o no un fiel reflejo de la realidad, que no se obsesionan con si están manipuladas o no, a las que les es indiferente ser inocentes o culpables, que no desvelan si son documentos o discursos, que no se interesan por si mienten o no. Son fotografías para ser vividas; como el álbum del que forman parte, hay que vivirlas, experimentarlas, sentirlas. Desde ahí, la fotografía familiar compone, suma, añade, confecciona, conoce y reconoce. Solo se (pre)ocupa, sincera y verdaderamente, por existir. Sin documento no hay historia, afirmaba el historiador Jacques Le Goff. Sin fotografías familiares, probablemente, no hay tampoco historia familiar. Ni quizás familia.

Descargar pdf. Pedro Vicente, FAKTA, julio 2014

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