A DOS MESES DE LA MUERTE DE ALVITE, por Israel Sanmartín

José Luis Alvite era un pensador desde los márgenes, donde el margen no es un espacio físico sino una distancia. Una distancia que se construye a partir de un estado filosófico cionaresco, en relación a espacios continuamente en tránsito o “no lugares” (Marc Augé), y desde un tiempo circular en el que se entremezclan historias, memorias y vivencias (reales o imaginarias). Complementariamente, hay un Alvite construido por la crítica vista, leída y escuchada en sus años finales, que está referenciada fundamentalmente a la última parte de su obra, desde sus relatos en la radio y por alguna que otra entrevista realizada. Esa crítica lo ha catalogado como un autor metafórico e identificado por su vinculación a círculos taciturnos y de la periferia social. A la suma de pensador desde el margen y de autor periférico habría que añadirle su calidad de gallego (que para muchos implica lo marginal y lo periférico) que ha sido, como siempre utilizado en diferentes direcciones (alguna equivocada).

Justifiquemos la idea de pensador desde el margen y de autor periférico. Hay un relato que entronca muy bien con el universo que construía Alvite en relación a esos dos elementos. Es la novela de Eduardo Blanco Amor, A Esmorga. Una obra importante dentro de lo que se ha cimentado como canon de la literatura gallega. La novela es la historia de tres personajes que podríamos considerar “outsiders” y sus aventuras y desventuras durante tres días (curiosamente triunfa ahora en el cine). El ambiente claustrofóbico y extremo de la novela tiene un fin “abierto” y apocalíptico en un basurero. Un espacio que podríamos calificar como “escatológico”, y que es tanto real como imaginario, puesto que gran parte de la novela es una reflexión de la sociedad desde los bordes. Además de en Blanco Amor, también mucho de Alvite lo podemos buscar en Ciorán, en ese reducto de pensamiento optimista dentro de los relatos más pesimistas que podemos elaborar. Todo en esa búsqueda de vientos para navegar en sentido contrario y en esa máxima cioranesca de que “la vida no tiene sentido por eso hay que vivirla”. Por supuesto, que toda la visión antropológica heideggeriana de “ser hacia la muerte” está en Alvite en un sentido existencial y no desde un punto de vista político, como han mostrado algunos filósofos del siglo XX.

Blanco Amor, Cioran y Heidegger son las primeras islas a las que nos hemos aproximado para explicar el José Luis Alvite pensador, pero repasemos somera y subjetivamente su obra. Alvite comenzó a escribir en el diario El Correo Gallego donde se dedicó entre a otras cosas al periodismo de sucesos. Allí profundizó en su escritura realista y viajó a los cenagales anímicos de la ciudad, comenzando a distinguir el relato oficial de los acontecimientos reales. Su etapa en el periódico compostelano la continúa en otro diario histórico gallego, La Voz de Galicia. Allí convivió en una redacción encabezada localmente primero por Álvarez Pousa y después por el excepcional Xosé López “Morgan”. Alvite formaba parte de un grupo de periodistas con mucho talento y oficio (Ignacio Carballo, Lois Blanco, Manuel Beceiro, Luis Villamor, Concha Pino, Fernando Varela o Quique Alvarellos) entre los cuales estaba Nacho Mirás Fole (quien ahora triunfa con El peor momento de mi vida), a quién nombró su sucesor antes de fallecer. En esa casa escribió sobre personajes y lugares de la ciudad de Santiago, enseñándole a sus lectores cómo alejarse de la comodidad burguesa de una ciudad de provincias, cómo pensar y comprender Compostela desde otra mirada y cómo prevenirse contra la coerción estructural de todos aquellos que quieren ejercer de notables en un espacio tan “blancoamorista”. La entrevista y la columna fueron sus medios naturales. Por ellas desfilaban todo tipo de personajes que convertía en reflexiones y pensamientos sus diálogos. Más que entrevistas periodísticas eran diálogos filosóficos y existencialistas con sus entrevistados. Sus columnas eran puro pensamiento sartreano. Esta etapa en el diario coruñés se truncó en 1995 cuando el propio Alvite reconocía que una “mano negra” lo había llevado al ostracismo. Ante esas tinieblas, Alvite se dirige a presentar su dimisión al por entonces director del diario de La Voz de Galicia, José Luis Gómez, quien sería decisivo para su lanzamiento a nivel nacional. José Luis Gómez, que era además antiguo compañero de Alvite en El Correo Gallego, y sobre todo amigo, se queda estupefacto ante la situación y le dice que espere.

Gracias a Gómez, unas semanas después empezó a publicar su artículo en la contraportada de Diario 16, que era un barco a la deriva que daba sus últimos coletazos bajo capital gallego, pero que sirvieron a Alvite para ser conocido más allá de Ponferrada. Del diario fundado por el histórico Juan Tomás de Salas desembarcó en aquel vibrante, heterodoxo, literario y transgresor La Razón de Luis María Ansón, donde se mantuvo hasta su muerte. Eso lo fue compaginando con colaboraciones exquisitas en El Faro de Vigo y otros diarios del Grupo Prensa Ibérica editados en Galicia. Esto lo acompañó con la presencia en el programa radiofónico de Carlos Herrera en Onda Cero. En ese momento su obra tomó otra dimensión, sobre todo en el “espacio de recepción”, puesto que el público se multiplicó y muchos lectores pudieron apreciar sus construcciones literarias. En ese momento, Alvite ya no es sólo el escritor. Su “espacio de enunciación” como autor también se ve influido por la recepción de sus lectores y por la construcción autoral de sus nuevos críticos madrileños. Su obra continuó siendo muy reflexiva y con las características vinculadas a Blanco Amor, a Cioran o a Heidegger, pero ahora necesitaba una coartada para amplificar sus relatos y dotarlos de una dimensión más universal. Esa fue una de las razones por las que creó el Savoy. Alvite encontró el callejón perfecto para escaparse de las intrigantes de “palleiro” y de los navajeros de corbata. Madrid le había dado el éxito. Un triunfo que lo vinculó al Savoy, a partir del cual se ha identificado un autor de la tiniebla nocturna y de un ambiente supuestamente newyorkino que no es más que Compostela. Y allí anidan unos personajes imaginarios que podrían ser identificables. Alvite, en realidad, sólo ampliaba la dimensión del relato. Esas columnas del Savoy las acompañaba con otras de reflexión mucho más brillantes y con algunas más flojas vinculadas al mundo de la política.

La política era un tema que no le quedaba bien a Alvite. Era un pensador de lo existencial, de la sensibilidad, de las relaciones personales, del sentido del mundo; pero no era un exégeta de la ideología. Era un tema demasiado mundano y que discurría por carreteras demasiado transitadas para Alvite. La ruta, la salida, la carretera, era el sofá de Alvite, donde él se encontraba en casa. Desde allí, mostraba su desafecto a lo rutinario y a lo repetitivo. Buscaba aliviar su existencia en el viaje, el cual había empezado años atrás y del que no pudo volver. Cuando alguien inicia una fuga, aunque quiera no puede volver atrás. Sus salidas reales o imaginarias; solo o con compañía, son claves para entender su pensamiento. El viaje o la salida podían tener carácter real o maravilloso, aunque ambos se entrelazaban. En el universo de Alvite lo real y lo maravilloso forman parte de su construcción de la realidad. Una noche en la que no pasaba nada era deconstruída por Alvite como un momento maravilloso. Porque lo maravilloso lo utilizaba Alvite para evadirse de la realidad, que le molestaba y le incomodaba, y para completar su mundo, al que le sobraba lo real, la estandarización, la funcionarización y la burocratización de la vida. En esa dupla real/maravilloso, Alvite desordenaba el tiempo. Hacía planes para el pasado, soñaba el presente y hacía detritus con el futuro. Esos pasajes maravillosos vinculados a su escatología, a sus apareamientos o a sus referencias a los actos generadores con mujeres de diversa condición, estaban construidos desde la náusea sartreana, y estaban metodológicamente realizados desde el inconsciente narrativo lacaniano. Alvite escribía como un surrealista, dando rienda suelta a su inconsciente; dejando que se empoderara de sí mismo. En ese ejercicio, Alvite lograba su autoconciencia, se reconocía a sí mismo. El sol que brillaba en esos pasajes lo iluminaban y lograba la calma. Y encendían así su postura contracorriente, permitiéndole relacionarse con quien él quería sin la cara B del día siguiente.

Los pasajes reales/maravillosos y su pensamiento heideggariano, cioranesco y blancoamorista le llevan a construir un pensamiento propio de carácter teleológico, donde todo parece predispuesto hacia un fin. Un final que podría ser el de la propia vida, el de la noche, el del encuentro con un personaje o el de sus reflexiones. Esta actitud le llevaba a vivir siempre al margen pero sin confundir la realidad con el espacio físico. Sabiendo que hay esperanza pero que sólo se encuentra en un espacio imaginario en continua construcción y sin identidad. Su pensamiento transitaba de las palabras a las ideas y de las ideas a los imaginarios, pero nunca aterrizaba en espacios concretos, y si había alguno ese era la Compostela que había convertido en Savoy. El orden imaginario de Alvite se sostiene por sí mismo, determina su pensamiento y dota con variedad de significados a un mismo suceso. De tal forma, la realidad de Alvite es una consecuencia de su imaginario y no al revés. En el pensamiento de Alvite se unen destino, autobiografía, relato y concepción autoral. Construye una noción del pensamiento a partir de los límites de la escritura, que es cinematográfica en el sentido de que siempre busca situarse, aunque sea de forma imaginaria.

La otra cuestión en Alvite es la metáfora, que significa literalmente “transferencia”. Alvite describía sus pensamientos en términos de semejanzas, aunque también utilizaba metonimias, tomando la parte por el todo; y sobre todo de ironías, mediante las que caracterizaba entidades negando en el nivel figurativo lo que se afirmaba en el literal. Estas herramientas literarias las ha estudiado Hayden White como tramas del discurso. La metáfora es representativa (resultado de lo real y lo imaginario), la metonimia responde a una matriz reduccionista y la ironía a un sentido negativo. Algunos han identificado la metáfora y el Savoy como principales descriptores del alvitismo. Pero el Savoy no es un lugar imaginario sino un espacio fruto de la inventio y la negociación entre Alvite, sus lectores y sus críticos. Y no tiene nada de relevante en su pensamiento. En cuanto a la metáfora, no es un recurso literario estético, sino una herramienta profundamente teórica que le sirve para articular su pensamiento, que siguiendo los preceptos de White, lo catalogarían como un autor con un grado de implicación ideológica radical.

Alvite era un pensador desde los márgenes, y desde allí intentaba construir pensamiento en la distancia de lo oficial y de lo común. Pero esa distancia no era un lugar sino un espacio imaginario carente de identidad y de provincianismo. Y eso no lo han sabido apreciar en Galicia, puesto que como muchos otros ha tenido que marcharse para triunfar. En la distancia podía operar con la marginalidad, con las metáforas y con lo maravilloso y real a su antojo. Era su laboratorio y la fuente de su pensamiento. Dejamos un último episodio para las mujeres, que ocuparon parte importante en las reflexiones de Alvite. De sus enseñanzas se puede extraer la distancia de los sanedrines, de los notables de pueblo, del provincianismo. Y de convivir con el fracaso y con la lucidez de no tener nada, ni, por supuesto, futuro.

Por tanto, pensador desde los márgenes que refleja la periferia con tres influencias fundamentales (Blanco Amor, Ciorán y Heidegger) y con dos elementos escriturales definidos: lo real y lo maravilloso y las metáforas. Todo eso conforma lo que hemos denominado pensamiento desde los márgenes, que es una distancia más que un espacio y que definen la escritura de Alvite durante años en sus diferentes formatos y siempre desde la prensa.

Para finalizar, Alvite, solía decir que otros se dedicaban a escribir novelas y él a vivirlas. También hablaba de que había que aprender a madurar en diferido o a hacer planes para el pasado. Hoy sabemos que sus amigos le seguirán guardando su silla de montar para cuando decida volver. Seguramente estarán todos esperando atentos mientras se demacra en su cara el arrecife de la vejez. En ese momento sentirán en sus miradas cómo aplauden sus tripas.

José Luis, como siempre, esta noche llueve en Compostela y los farolillos de la Calderería se pierden en la niebla con el olor de las castañas. Estoy solo, como siempre; y en el “Monte de la mierda”, como acostumbro. Ahora sólo miro el miriñaque del ensanche en la varicela de la noche encendida. Y como escribiste tú una vez, tengo esa sensación de las calles mojadas y de la niebla que me hace soñar que no amanecerá nunca. En ese tiempo eterno, José Luis, maldita sea, te juro que jamás se me perderá nada al sur de la carrera del Conde…

 

I.S.

Israel Sanmartin, FAKTA, septiembre 2015

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